Claudio, un emperador singular


     Dedicaré esta entrada a un personaje, en concreto a un emperador romano, que si bien la mayoría que ostentaron este cargo tenían sus particularidades, algunos muy extremas, al que vamos a dedicar el presente artículo anda sobrado de ellas.

     Y este no es otro que Tiberio Claudio Druso, que ha pasado a la historia como el Emperador Claudio, y que socialmente es conocido por la famosa obra de Robert Graves. Nacido en Lugdunum (Lyon), en la Galia en 10 ac. en las calendas de agosto, era hijo de Decimo Nerón Druso y Antonia la Menor. De él se decía que se trataba de “un monstruo humano que la naturaleza había comenzado pero que no terminado” o que “una caricatura de hombre y aborto de la naturaleza”, y de esta forma no lo describió cualquier persona o enemigo, lo hizo su propia madre quien no dudaba en insultar a otros diciendo “eres más tonto que mi hijo Claudio”, incluso su abuelo lo consideraba digno del mayor desprecio.

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     Como es de suponer, cuando tu propia madre habla así de ti, tu infancia y juventud no pueden ser muy agradables. Pero ¿a qué se debe esta actitud? La respuesta es clara, ser trataba de un personaje con innumerables taras físicas, tales como cojera, ataques de tos, dolor intestinal, tartamudez, babeo, sufría de frecuentes espasmos y tics a la par que padecía un gran número de enfermedades. En la actualidad una de las teorías dice que podría sufrir de parálisis cerebral, pero como siempre cada uno tiene la suya. Claro está, con esta apariencia física, pronto fue considerado no apto para cargo público o privado, pese a que pertenecía a la familia real ya que era sobrino nieto de Augusto, nieto de Marco Antonio y sobrino de Tiberio. Todo esto mientras veía como la fama de su hermano, Germánico iba en aumento y se convertía en un héroe de guerra por sus campañas en Germania, de ahí su nombre, y era considerado por muchos como un posible sucesor del emperador, circunstancia truncada por su muerte.

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